domingo, 18 de septiembre de 2016

Despues de la votacion del 2 de octubre en Colombia que pasara conmigo.



Yo creo que el Sí ganará por mayoría en el plebiscito del 2 de octubre. Eso no quiere decir que los que votan No y los que no votan no existan o deban buscar refugio. Y lo mismo digo si el resultado fuera al revés. El amanecer de ese lunes nos dirá, mirándonos a los ojos, que todos seguimos aquí. Viviendo bajo el mismo cielo y sobre el mismo suelo. Juntos.
 Si hemos buscado la forma negociada para desactivar una guerra no es momento de comenzar con el vecino un nuevo conflicto precisamente porque su pensamiento está lejos de parecerse al mío.

Que lo recuerde quien vota sí, que lo recuerde quien vota no: sino es otra forma de escribir destino. Y en esa palabra y su significado estamos unidos.

Hay días en que agota, defender la convicción sincera de apostar por esta oportunidad de ver el final de esta guerra fronteras adentro que es desangre constante. Aturden los insultos de unos, duele la mezquindad de algunos, ofenden las mentiras de otros disfrazadas de argumentos, desgasta la palabra ajena repetida como propia  con la insistencia del boxeador que golpea con puños prestados. 

Supongo y entiendo que igual se cansa, del otro lado, el que levanta la voz y asiste a su propio linchamiento.

Está de moda hablar de polarización, habrá que recordar que  esta nación asiste a lo mismo desde Bolívar y Santander. Está visto que este no es el peor de los tiempos, aunque resulta incómodo respirar en tiempos en que tanta presión sugiere que es tiempo de dejar ciertas modas atrás: como la de polarizar. Este momento de la historia no es la contienda entre un presidente que ya no lo es y un presidente que a la vuelta de la esquina ya no lo será, es la hora de definir el futuro que queremos no sólo para nosotros que iremos a las urnas sino, sobre todo, para definir el país en que han de crecer los que todavía no pueden votar.

El tres de octubre seremos, otra vez, noticia mundial. lo prioritario es qué noticia seremos para nosotros mismos. ¿Cuál es el titular que no olvidare? El tres de octubre el planeta no olvidará su costumbre de girar una vez más.

Violencia y política han sido un matrimonio que sólo ha parido dolor en la historia nacional. Si tenemos frente a nosotros la posibilidad de divorciar dos palabras que no se deben juntar no tiene sentido que odiemos y convirtamos en enemigo a alguien por la decisión con que marque el tarjetón del domingo dos de octubre. El voto de todos sera libre. Eso ademas es practicar paz.

El tres de octubre está a la vuelta de la esquina, igual la posibilidad de un país en que la esperanza tenga lugar. Nosotros somos los otros de los otros, conviene no olvidar esa lección. Después de la votación está en manos de todos que Colombia sea un país en que pensar distinto no sea pecado mortal.

blog 0cho16.

lunes, 5 de septiembre de 2016

la planta sin nombre

La planta sin nombre

Ayer no fue mi mejor día. Y eso que me estaba sucediendo (nada nuevo por cierto), lo explicaba magistralmente Santa Teresa de Jesús: “Lo malo es cuando me quedo sola en medio de tanta hostilidad.” 

Y es que esa hostilidad, en ocasiones, azota con demasiada ira mi mente todavía engañada, ademas hiere mi corazón voluble y aunque no es ni será capaz de apartarme de este camino de Liberación, sí que consigue empañar mi gozo y menguar mi energía.
Pues bien, estando en esas amarguras, me puse a regar las plantas del patio. Todo mi jardín se reduce a diez macetas de la misma variedad que repoblé con esquejes de otras tantas que tengo en Valencia. Éstas, a su vez, provienen de un solo y diminuto esqueje, bueno más bien de una varita insignificante, que cogí de un seto próximo a casa. De esto hace ya bastantes años.
Nunca he sabido cómo se llama esa maravilla de la naturaleza cuyas flores son de un color  intenso y brillante, que se multiplica allí donde la lleves y que sobrevive casi sin agua, sean cuales sean las condiciones del medio donde le toca vivir.
No importa que hiele en el invierno o que un sol abrasador arrase con todo, porque la planta irreductible aguanta siempre enhiesta y firme, sana, fértil. Nunca he visto marchitarse a ninguna de ellas y cuando crecen demasiado y he de podarlas, regalo esos nuevos esquejes a mi gente querida, y sus macetas y sus jardineras se vuelven a llenar de la tenaz planta sin nombre.
Y ayer, fue la planta sin nombre la que me habló, la que llamó mi atención, la que empapándose del agua generosa que salía de la manguera, me sacó del umbral oscuro en el que me hallaba casi dándome un tirón de orejas.
Ella se convirtió ayer en mi ejemplo, enseñándome que, si tantos años está conviviendo conmigo y no ha habido un solo día que haya sucumbido a pesar de los hielos que la han aterido, a pesar de la falta de agua en mis ausencias o del sol abrasador de las tardes de verano, no ha sido solamente por la genética de su especie.
La planta sin nombre ha pasado media vida conmigo sin derrumbarse, sin titubear, sin un desaliento en su verde corazón para enseñarme que ya no debe haber agravio que me marchite, ni discordia que acabe con mi aliento, ni guerra ni batalla que me venza.
Ayer me di cuenta de que la planta anónima, la planta sabia, la insumisa, la invencible, llegó a mi vida  solo para revelarme en esa tarde que yo, como ella, intento aprender a mantenerme firme, alzada como sus tallos, vertical, hacia arriba, creciendo en la Verdad, brillando en la infinitud, sean cuales sean las hostilidades…
Escribe: Maitreyi Muñoz. España. OM shanti Om

claves para el aprendizaje del Yoga

Claves para el aprendizaje de Yoga

La exploración de las propuestas de Yoga, el ajuste en cada postura y, la actitud necesaria para su práctica, proponen el primer reto especialmente a los occidentales: recuperar el contacto con la intuición y la imitación como caminos para el aprendizaje. 


Son muchos los años que hemos pasado entrenando nuestra mente para la lógica y la competencia. En un mundo en el que los sistemas de enseñanza están fundamentados en el rendimiento y la consecucion de objetivos primordialmente economicos, han ido perdiendo fuerza la  dimensión de la ludica, el humor y el “dejarse llevar” hasta llegar a desaparecer por completo de nuestra vida.
Cuando nos proponemos practicar Yoga nos encontramos con una barrera, que es intentar llevar la mente a su mínima expresión o dejar de seguirla y, al mismo tiempo, aprender a  seguir las pautas de acción determinadas por la instructora o guia.

La confianza

El entrenamiento en la competencia nos vuelve muy selectivos a la hora de confiar en otro ser humano. Por supuesto que hay matices, cada vez tambien abundan  mas seres  comprensivos y abiertos, más confiados y menos competitivos, pero, en general, algunos  de los practicantes principiantes de Yoga se predisponen a la recepción de la información, técnicas o propuestas de rutinas  intentando racionalizar primero para decidir luego si ejecutar o  encarar la propuesta del guia.
La desconfianza es una barrera necesaria de superar  para "dejarnos guiar". Es como el ciego que comienza un entrenamiento para poder desplazarse por su propia casa primero y por las calles después; fundamentalmente deberá confiar en la guía de otro hasta que esté preparado para desplazarse por sus propios medios.

La imitación

En nuestras vidas la imitación aparece antes que la racionalización. Un bebé de pocas semanas comienza a observar y a imitar gestos y sonidos, aun sin estar preparado para hacerlos tal cual los ve. Conforme va creciendo desarrolla las capacidades básicas de su propio funcionamiento por imitación; otras, como determinados movimientos o el lenguaje, ya son entrenamiento intelectual.
Ese momento clave en el que comenzamos a reconocer el mundo que nos rodea por primera vez, simplemente percibiendo e imitando, o encontrando nuestros límites para ir desarrollando nuestras capacidades y superarlos naturalmente, es una excelente referencia para llevar al aprendizaje de Yoga.
Con la mente en calma, conscientes de nuestro entorno y de nosotros mismos, siguiendo al guía, muchas veces hablada y otras tantas ejecutada prácticamente, sin crear pensamientos, sin intentar discernir ni reflexionar, la práctica de Yoga se vuelve parte de nuestros movimientos de manera natural.

La no-activación de la mente

Tanto si somos aprendices como si estamos guiando una sesión, debemos tener en cuenta que la transferencia  debe hacerse de manera tal que la mente permanezca en calma.
Las anotaciones, las preguntas y respuestas, la interpretación y la reflexión no son necesarias, estando claramente conscientes de permanecer  en un espacio donde no se mezclen con el momento de la práctica de  asanas, pranayama, etc.
La sesión de Yoga es una disciplina que lleva siglos siendo transmitida directamente de maestros a aprendices o discípulos.
En ese clima, quien guía la clase comparte la experiencia, utiliza todos los recursos para mostrar y acompañar en la realización de cada postura, se mantiene receptiva y, responde más con actos que con largas explicaciones, corrige en los hechos y fomenta la cercanía, la confianza y el silencio mental.

La intuición

Con la confianza como elemento presente y la imitación como forma de sumergirse en la practica, aparece un vértigo y una entrega inevitable, generandose la trascendencia de la razón, tanto para la práctica de Yoga como para cualquier otra actividad que tuviésemos que realizar.
La práctica de Yoga es una invitación a deshacernos, a entregarnos, a que desaparezca el YO, en principio por el lapso de tiempo que dura la sesión. Así como ejercitamos la utilización de la razón para todo, para entrar en profundidad en la dimensión de la práctica debemos ejercitar el dejar de utilizarla.
La intuición nos permitirá saber quiénes somos, dónde estamos y qué hacemos sin necesidad de pensarlo. Con la razón desactivada, podremos practicar sin pensar, dejándonos llevar a la realización de posturas que, al comienzo, podrán parecernos incomodas y molestas, pero que siempre estarán desarmando las estructuras rígidas del cuerpo y de la mente.

Conectar con el niño interior

 Volver a nuestro niño es conectar con ese estado en el que la imitación es la manera de aprender, en el que la confianza está presente, en el que somos capaces de seguir caminos sin definirlos como buenos o malos, es liberar la intuición para transitar la realidad sin interferencias de la mente.
Esta manera de aprender, contraria a las estructuras de los sistemas contemporáneos que llevan siglos en nuestras sociedades, es una de las dimensiones más poderosas que podemos experimentar en una práctica de Yoga verdaderamente transformadora.
Entonces... surgirá gran parte del cambio en el estado de ánimo, en la liberación de límites mentales, en la capacidad de confiar en el otro ya que, al deshacernos de  conceptos adquiridos en la educación formal, modificaremos el paradigma emocional de nuestro Ser, creando una nueva estructura energética y una nueva forma de percibir y percibirnos.
adaptado por Liliana Posso y  algunos aportes tomados de Pablo Rego. profe de yoga.España.

sábado, 9 de julio de 2016

reflexion de Sarah, mi hija. julio 7 -2016.Cali,Colombia

Íbamos libres de toda obligación, de toda carga, libres de miedo, libres como nacimos. Llevaba el bolso de siempre, que simula ser elegante, de cuero pero no lo es, con esquinas de un metal dorado que atraen, que dilatan la pupila. El bolso simula ser así y asa, como nuestra sociedad.

8:00 p.m. en San Antonio, barrio donde crecieron y se conocieron mis papás, barrio bonito, humilde, lleno de historias y aventuras, rico en cultura. En el bolso, un celular, 10.000 pesos, identificaciones que confirman de dónde soy, cuando nací y cómo me llamo; una cámara que simboliza mi vocación, que utilizo precisamente para revelar, destapar y manifestar que estoy del lado de ese par de seres…

En un segundo, ese bolso, esa extensión de mí (como dice mi mamá) se va, se aleja, se desvincula. Nadie hace nada a mi alrededor. Aún así, admito dentro de mí que me culparía si algo irreversible les pasara por mi situación.


Debilidad, rabia, impotencia, frustración. Se cumplen ciclos que no entendemos instantáneamente.


Al otro día descanso. Camino libre, afortunada. Verán mis fotos y sabrán que debía llegar a ellos esa cámara. Imágenes de paredes con grafitis revolucionarios, hippies doblando alambres, retratos de los que parecen ser invisibles en nuestra sociedad. Personas como ese par arriesgan sus vidas a diario para sobrevivir al caos cotidiano de una sociedad competitiva, que no vive pero sobrevive. Que juzga, que se mantiene prevenida.
¿Por qué yo tengo, y puedo tener dos juguetes y ellos ninguno?
Los llego a entender.






martes, 5 de julio de 2016

carta a Antonia de alfredo molano. junio de 2016.

Mi primer recuerdo de Bogotá —porque sabes que nací detrás de ella— fue un cielo rojo que no era de atardecer sino de llamas. El centro de la ciudad había sido destruido e incendiado por el pueblo furioso contra el Gobierno, al que culpaban del asesinato de su jefe, Jorge Eliécer Gaitán. Yo no había cumplido cuatro años. En La Calera, el alcalde civil y militar, general Amadeo Rodríguez, fusiló en el cerro de las Tres Cruces a unos campesinos que acusó de rojos. Días después, me llevaron a ver el humo que aún salía de las ruinas de casas y edificios en la carrera Séptima. No sentí mi propio miedo, pero sentí el de la gente que miraba. Después, un poco más grande, frente a la Alcaldía de Chicoral —un pueblo de Tolima donde veraneábamos—, vi tirar de una mula el cadáver de un campesino. Fue como oír caer un bulto de ojos quietos y cuerpo ensangrentado. Tarde mi mamá me tapó los ojos.
¡Y desde esos días he visto tanta sangre y tanta violencia! En las carreteras había soldados que a gritos hacían bajar de los buses a los pasajeros para esculcarlos. A mí me daba rabia que no me esculcaran y me trataran como a las mujeres, a las que tampoco hacían bajar. Un día que íbamos hacia Santandercito, en el salto de Tequendama un camión del Ejército golpeó la camioneta en que paseábamos a mi abuela. Rompió la puerta, el espejo, los vidrios. Mi papá, furioso, se bajó a revirarles a los soldados y estos lo golpearon con las chapas de sus cinturones.
En Ibagué, donde teníamos familiares, mis tíos comentaban lo que sucedía en un pueblo cercano llamado Rovira: les cortaban la cabeza a los rojos y los rojos se estaban armando contra el gobierno azul. Tendría entonces tu edad. En San Martín, Meta, que conoces, el mayordomo de unas tierras que mi familia tenía contaba cómo ametrallaban los hatos desde aviones del Gobierno y mataban gente, reses, perros, gallinas. Lo que se moviera. No lo vi, pero vi temblar de rabia al hombre que lo contaba.
En la iglesia de La Porciúncula, donde me llevaban a oír misa mientras yo miraba los zapatos de los fieles, un día, la Policía tiró bombas lacrimógenas adentro. La estampida de la gente, sus caídas corriendo, me hicieron oler por primera vez el terror. Después, también, el júbilo del pueblo con banderas por las calles cuando Rojas Pinilla cayó. Mi papá hablaba de los estudiantes como si fueran héroes de la patria.
En la universidad quise serlo. Queríamos bajar a piedra el cielo a la tierra. Y entonces apareció Camilo… Y desapareció, y lo mataron y siguieron otras muertes y otras. Muertes de compañeros de cafetería, conocidos que murieron para que nosotros no muriéramos. Pero muchos lo hicieron con el morral al hombro y el fusil en las manos. Muchachos tan generosos como los que después me encontré en las costas del Guayabero, que no les temían ni a la noche oscura ni a los ríos crecidos. Fue cuando comencé a escribir sobre ellos y sobre su gente. Escribí deslumbrado, alucinado. No paraba de escribir sobre un país que no se conocía, y de conocerlo, por supuesto.
No eran venidos de otro mundo, no habían caído en paracaídas. Habían llegado huyendo, comiendo mico, tumbando selva. Se defendían y defendían a sus viejos y a sus críos. Por eso me dio tanta alegría ver a esos muchachos —hoy ya no tanto— enterrando la guerra, derrotándola. Dejando el poder de las armas en manos del Estado, confiando en que no volverá a ser usado contra ellos, contra el pueblo —el pueblo existe, Antonia, y así hay que llamarlo—, ni para defender a unos pocos bolsillos de por sí llenos.
Te confieso que he sentido esa alegría plena —esa que llena el pecho y eriza el cuero— tres veces: cuando los guerrilleros del M-19 salieron en avión para Cuba después de haberse tomado la Embajada de República Dominicana, cuando se firmó la Constitución de 1991, y el jueves pasado, cuando las Farc y el Gobierno le dijeron al mundo: Es el último día de guerra en Colombia.
Tú eres el puente entre mi nieto mayor y los menores. Cuéntales a todos lo que ustedes nunca vivirán.Alfredo Molano Bravo


Alfredo Molano. periodista. El Espectador.


    Dimensión solar y dimensión terrestre
    "Aquello que la psicología junguiana llama proceso de individuación -que en épocas anteriores fuera un misterioso camino iniciático- hoy es posible para una multitud de seres humanos"
    Los humanos nacemos anidados en un compacto entretejido de creencias y símbolos, modalidades afectivas, intelectuales y religiosas. Este nido tiene múltiples capas: la familia, la cultura a la que pertenecemos, la nación, la religión y la civilización. A través de estas capas heredamos nuestra estructura genética, los hábitos alimentarios, una determinada relación con la naturaleza, nuestras costumbres e ideales. También una interpretación muy parcial de la historia, en la que nuestro linaje generalmente se siente especial y único con relación a los otros. Durante miles de años fuimos moldeados por la interpretación del mundo propia del grupo en que nacimos. Aprendimos a ver la realidad con los ojos del nido. En un sentido estricto fuimos poseídos por la trama de símbolos, emociones, creencias, ideas, imágenes y arquetipos que proviene del pasado de la humanidad. Entramos en una densa telaraña que nos hechiza con el mandato de continuar con ella. Conciente o inconcientemente buscamos experimentar las mismas formas y sensaciones con las que fuimos moldeados.
    Desde el punto de vista astrológico, en cada existencia humana se pone en juego una tensión inevitable que expresa el encuentro entre nuestra dimensión solar y nuestra dimensión terrestre. La vibración solar de cada niño forma parte del orden del cielo e integra una secuencia ligada matemáticamente a los dibujos anteriores y posteriores al del momento en que habrá de nacer. Este conjunto de vibraciones -lo que los pitagóricos llamaban la música de las esferas- se entreteje con la sustancia de la Tierra. El orden del cielo tomará forma concreta dentro de los límites que le ofrezca la sustancia disponible en la Tierra. Se manifestará a partir del tipo de cuerpo, de emociones y pensamientos que la evolución planetaria ha producido.
    Con cada nacimiento una nueva vibración, fresca y creativa irrumpe en los nidos que la humanidad tejió a través de los milenios. Y en ese momento la energía irrepetible de ese instante del cielo entra en tensión con el pasado que moldea inevitablemente al niño. ¿Será suficientemente potente la energía que trae como para diferenciarse y renovar la trama del pasado o este se impondrá forzando a lo creativo a repetirse una vez más? Cada uno de nosotros encarna al nacer una tarea de dimensiones cósmicas. En cada caso la dimensión solar de nuestro ser se encuentra con la inercia del pasado y su anhelo de repetición. Lo creativo y lo mecánico se unen en nosotros para realizar un nuevo aprendizaje.
    Este es el tiempo de la ruptura de los nidos. En él cada una de las tradiciones parciales de la humanidad, por bella y útil que haya sido, mostrará sus insuficiencias y se verá obligada a interactuar con las demás. La incertidumbre reinante es el síntoma de que nuestros sistemas de creencias están siendo cuestionados por una realidad más compleja. Si estamos identificados con el pasado bajo cualquiera de sus formas es inevitable sentir miedo. La realidad parece cada vez más caótica. Pero si podemos visualizar una dimensión más amplia para nuestra existencia quizás nos demos cuenta de que vivimos una gran oportunidad.
    La caleidoscópica realidad de nuestro presente con toda su confusión nos muestra que la malla del pasado se ha debilitado. Los nidos ya no pueden ejercer la misma presión uniforme sobre cada niño que nace. Esto significa que para muchos seres humanos la dimensión solar puede manifestarse ahora con mayor pureza y potencia, nuevas y más integradas experiencias se hacen posibles para todos nosotros. Aquello que la psicología junguiana llama proceso de individuación -que en épocas anteriores fuera un misterioso camino iniciático- hoy es posible para una multitud de seres humanos. El futuro del planeta depende de la cantidad de seres humanos que puedan atravesar por este proceso.
    Por Eugenio Carutti

    viernes, 22 de abril de 2016

    cuando se acaban las distorsiones mentales





    Resolviendo  nuestros obstáculos, una vez que comenzamos a derivar y  limpiar nuestras percepciones erróneas  y estemos  listos para contemplar la verdadera naturaleza de las cosas, entonces... cuando miremos una flor veremos que está hecha de cielo, de nubes, de tierra, de espacio y de tiempo. Y entonces estaremos viendo al  origen y la fuente y esencia de todo lo que existe. Nos contemplaremos a nosotros mismos y veremos que estamos hechos de nuestro maestro, nuestro padre, nuestra madre, nuestros antepasados, nuestros hermanos y hermanas, de vegetales, de animales salvajes, de bacterias,hongos,algas, vegetales y agua y de todas las cosas. Cuando vemos esto a la luz de la interdependencia, estamos viendo al Buda, a dios, y nuestra visión errónea se desvanece. Ya no estamos apegados a las cosas, ya nunca estaremos presos en ellas.

    Thich Nhat Hanh-

    inspirada en Riokan monje zen y poeta

    El silencio, tan lleno. Los sonidos del silencio. El tren que pasa, algún golpe de viento suave, un pájaro al vuelo, los crujidos de la casa...