soy guia

Si una pequeña palabra mía puede aliviar una vida. Si una pequeña canción mía puede aligerar una carga. Dios me ayude a decir la pequeña palabra y a tomar mi pequeña canción y soltarla en un hermoso valle para que resuene su eco.

efectos...

Creedme si os digo que era un instrumento desafinado.
Me sorprendo de lo que estoy descubriendo:
quien habita dentro de mí.
Zazen me lo está haciendo saber.
"Sencillamente sentarse" extrae los aromas profundos de mi ser.
Soy un sencillo instrumento por donde la vida se asoma.
Mi voz se conjuga con el otro que escucha, que comparte.
tengo el Corazón abierto dispuesto a la plegaria.
Vida qué hermosa eres.
Tanawa

flotando....fluyendo

flotando....fluyendo
En el silencio que no depende de la
ausencia de ruidos,
tiempo y lugar
desaparecen dejando el sabor de una
Presencia, única y entrañable, que
ilumina cada momento.


Ese silencio no necesita ser buscado, sólo
requiere la apertura incondicional nuestra
aceptando la expresión divina que
en ella se manifiesta.

Es como volver a casa
al final de un día agotador y descubrir que
esa calma tan ansiada nos estaba esperando,
que nos recibe llenándonos de sosiego y
paz
tomado del blog: en meditacion

cuando muera

por Thich Nhat Hanh

Palabras de Thay el día de su 86 cumpleaños:
Cuando muera, no quiero que construyáis una estupa y pongáis mis cenizas dentro de ella.
No me gustaría. Es un desperdicio de tierra.
Pero si insistís en construir una estupa, os dejo una linea para inscribir sobre ella:
"No hay nada aquí dentro".
Y si seguís insistiendo, os dejo otra linea más:
"Tampoco hay nada afuera".

COLOMBIA

COLOMBIA

Antes del Zen las montañas eran montañas y los árboles eran árboles.

Durante el Zen las montañas eran tronos de sabiduría y los árboles eran las voces de la sabiduría.

Después del Zen las montañas son montañas y los árboles son árboles.

Sigue meditando, pero transfórmate en el camino.

siembra

siembra

ATIENDETE

ATIENDETE
ESCUCHA EL SILENCIO

jueves, 21 de enero de 2016

acerca de la ecologia

Ecología gagá (Columna de Brigitte Baptiste)

Brigitte Baptiste, directora del Instituto Humboldt
14/01/2016
brigitte baptiste credito juan jose carrilloips
Vicente Macuritofe murió hace poco en medio de las selvas del Caquetá, su hogar y hábitat tradicional. Abuelo centenario, colaboró por años como muchos sabios indígenas, con estudiantes y doctores que desde la academia aprendieron de él, en la noche, acerca de las plantas y sus dueños. De hecho, estas palabras constituyen el título de un libro hermoso y perdido con coautoría de C. Garzón (1989, UN), en donde la experiencia milenaria del pueblo murui se expresa ante todo como conocimiento ecológico y a la vez, sagrado: fundamento de la supervivencia humana en la selva, que también contiene y estructura el sentido de la existencia.
Como principio de la colaboración a menudo larga y silenciosa entre mayores indígenas y científicos occidentales, el respeto mutuo al que se llega con la humildad de quien conoce los límites de su pensamiento en el tiempo y el espacio, que poco florece entre jóvenes o funcionarios, impacientes en su intento de reducir todo a una ecuación, a una clave, sin haber experimentado la plenitud de las escalas. Porque la ecología, pariente de la geografía y la historia, piensa en decenas de años y de hectáreas; al menos en tres generaciones. Nada se entiende con un sobrevuelo, un testimonio aislado, una experiencia única. Más sabe el ecólogo por viejo que por diablo…
En estos tiempos de debates ambientales álgidos, donde se equipara cultivar, pescar o hacer casa con asesinar y se considera que cortar un árbol es “talar”, se requiere del pensamiento ancestral, griego o yucuna, para recuperar el sentido de las proporciones. Y está bien que construir y poner en funcionamiento un lago artificial que incide en la cantidad de agua disponible, la pesca, la acuicultura, la generación de energía y la navegabilidad en un gran río se torne un asunto de alta política e intervención en las cortes, pero antes de llegar a ellas deberíamos acudir con más serenidad al sentido que las ciencias de la sostenibilidad buscan darle a las transformaciones persistentes del entorno: nuestro contexto de planificación debería ser capaz de operar al ritmo de los ciclos ambientales, ahora anómalos por la aceleración que viene de maximizar el retorno de las inversiones en el plazo más corto, la enfermedad económica que nos deja sin futuro. Y si cuestionamos el aparente cortoplacismo del indígena que satisface el hambre día a día, debemos entender que disfruta la confianza colectiva en el funcionamiento espontáneo y persistente de ecosistemas capaces de proveer y absorber el impacto de sus actividades, liberándolos del tiempo como carga, el deber del Estado…
Coincide el budismo zen en esta perspectiva, a la cual se llega tras muchas subidas y bajadas del río, cosechas prósperas o no, selva talada y regenerada. Pero la ecología no es una ciencia en la cual el país quiera confiar, se fomenta poco, se identifica por conveniencia con la algarabía del activismo y se desecha por recomendar la prudencia y precaución. A nuestros mayores los retiramos a la fuerza, cuando más los necesitamos, o los llamamos “viejitos gagá” si participan del debate nacional.
María Giagrekudo, indígena de La Chorrera, se graduó con su tesis del “árbol de la abundancia” (U Distrital, 2013), basada en el conocimiento ancestral de su gente, colombianos que llevan apellidos como Zafiama, Manaideke o Manaidego: ecología propia para recuperar la confianza en el funcionamiento del mundo. Un guiño vital a Gloria Galeano y otros sabedores que discurren entre muchas selvas, para bien de todos.
Editorial de Brigitte Baptiste para la República: http://www.larepublica.co/ecología-gagá_340101